CARTA AL EDITOR
Confesiones a mi pueblo
Día tras días hago el esfuerzo de levantarme de mi cama, darle comida a mi perrito y arreglarme para poder trabajar las pocas horas que tengo con energía. Mi incapacidad me sucumbe a dormir de 12 a 14 horas al día para poder funcionar por las tardes y parte de la noche. Me duelen los músculos y los huesos, lo cual me hace sentir que la ropa me pesa y hasta me duele. Me levanto tan agotada como me acosté pero sé que tengo que servir a Dios y ayudar en lo que pueda a mi pueblo hispano. Mi sentir es que todos estamos hecho del mismo material ante Dios, alma y una definitiva nobleza que llevamos adentro de nuestras culturas hispanas.
Trabajo los lunes y miércoles en una oficina para poder utilizar esta oficina en el Athens Medical Center los días que quiero dar terapia. Los jueves y sábados me dedico a dar terapia. Sé que Dios me ha dado mi educación para usarla. Sé que El también me ha dado esta enfermedad y dolor crónico para sentir el dolor de mis pacientes y nunca olvidarme que lo más importante de este mundo es servirle a El y a todas las personas que me encuentro en mi paso. Teniendo a Dios no se puede ser arrogante. No creo que haya coincidencias ya que veo que en algunas circunstancias es Dios el que nos une en mi práctica.
Poco a poco ayudo a mis pacientes con información sobre Medicaid, a otros con la de emigración, a muchos a lidiar con la cultura estadounidense y a otros más a poner sus dolores en perspectiva y solucionar los problemas del vivir. En estos días de ofrecer terapia a mis clientes, me siento la persona más dichosa de este mundo. Mi trabajo me da sentido de justicia y una avenida de aprender de mis pacientes también.
Mis clientes vienen a su terapia cansados de trabajar por lo menos doce horas, con botas llenas de fango, las mujeres traen a sus niños mas grandecitos pues no tienen con quien dejarlos, muchos vienen con el ceño fruncido como si se les fuera a caer el mundo encima. Al ver el dolor de sus preocupaciones, cómo quieren aprender inglés, cómo quieren seguir adelante, cómo quieren dejar la cerveza excesiva para lidiar con sus problemas que los lleva a beber para olvidarse, me doy cuenta de que he estado en sus zapatos muchas veces. Me identifico con sus penas al estar lejos de su tierra nativa, sus familiares, sus comidas, su lenguaje tan especial lleno de modismos tan bonitos y lejos del amor que nosotros los hispanos nos damos unos a otros.
Mis clientes vienen de México, Perú, Guatemala y Ecuador para nombrar algunos. Ellos traen a nuestra sesión terapéutica sus modismos, la riqueza de su cultura, esa nobleza tan especial y única de nuestros países suramericanos y de América Central. Les admiro y quiero aprender cómo ellos ven la vida después de lo que han pasado para llegar a Athens. A cambio les doy un mensaje de esperanza, de que sí se puede, de que les están dando libertad de pensamiento y de credo a sus hijos aunque en este momento no lo parezca.
¡Sí se puede! Cuando abrimos nuestros horizontes, nos sacamos de adentro nuestros problemas y el dolor de ser discriminados. ¡Sí se puede, ayudarnos unos a otros pues estamos todos en condiciones muy parecidas! Se puede ser hispano y aprender las cosas tan buenas que tiene la cultura estadounidense, tal como la buena comunicación y ser asertivos y directos lidiando con situaciones sociales que se nos presentan cada día, tanto en español y en inglés.
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