Marzo / March 2006
Vol. 3 Número / Issue 12
Revista/Magazine
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COLUMNISTA

Presidente de Bolivia: "La coca es sagrada"

por Jorge Ramos

A Evo Morales, el nuevo presidente de Bolivia, no le gusta que le pregunten sobre el narcotráfico. Tampoco le gusta que lo cuestionen sobre la admiración que dice tener por el dictador cubano, Fidel Castro, ni sobre su amistad con el polémico presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Pero, después de todo, a eso precisamente había ido a Bolivia: a tratar de conocer al verdadero Evo Morales.

Dijo, categóricamente, que "admira y respeta" a Castro (quien gobierna Cuba desde el mismo año en que nació Morales en 1959). "Allá hay democracia", me dijo Morales respecto del régimen castrista. "Para mí (Castro) es un hombre democrático que defiende la vida, que piensa en el ser humano; si para usted es un dictador, ése es su problema, no el mío".

Pero cuando le pregunté si no era una hipocresía querer la democracia para los bolivianos - que tanto trabajo les ha costado desde 1982 - y no para los cubanos, la conversación se tornó peligrosamente personal. "Yo le pido mucho respeto, no me diga hipócrita", me increpó. "La hipocresía viene solamente de sus preguntas".

El ambiente, de pronto, se había enrarecido. El estaba molesto y se notaba; se retorció en su silla Cuando le dije que el exilio cubano podría demostrar la muerte de miles de personas en manos de Fidel Castro, Morales se lanzó contra el presidente de Estados Unidos, George W. Bush: "Yo no veo mucha muerte (en Cuba) como la que está haciendo Estados Unidos y Bush en Irak". "Fidel ¿cuántas bases militares tiene en Latinoamérica o en el mundo?" se preguntó a sí mismo y luego continuó. "Y Bush, dígame usted ¿cuántas bases militares tiene en el mundo y dónde está masacrando cada día?"

"¿Bush para usted es un asesino?" le pregunté.

"Eso lo dirá el pueblo", contestó, evitando hablar en primera persona. "(Es) una intervención militar salvaje; el pueblo dirá qué es eso".

Sin embargo, cuando traté otra vez de obtener su opinión personal, me respondió molesto.

"No insista en eso". Y poco después añadió: "Lo que usted está llevando es a una confrontación internacional y no voy a permitir eso".

Intenté preguntarle sobre su alianza con Hugo Chávez - la llama eje del bien entre Cuba, Venezuela y Bolivia - pero se rehusó a contestar diciéndome que a partir de ese momento sólo respondería a temas vinculados con Bolivia. La conversación no iba bien, así que salté al tema del narcotráfico.

En Bolivia hay alrededor de 30.000 hectáreas dedicadas al cultivo de la hoja de coca. Una parte, es cierto, es para el consumo tradicional de los bolivianos, que usan la hoja tanto para hacer té como medicinas. Pero otra parte importante es destinada para los narcotraficantes que convierten la hoja en la pasta con que se produce la cocaína.

"¿Usted piensa erradicar cultivos de hoja de coca en Bolivia?" le pregunté.

"No", contestó sin dudarlo. "La coca es sagrada. La coca no se erradica. Sí, hay que erradicar el narcotráfico, hay que erradicar la demanda y hay que erradicar la cocaína".

Pero cuando le pedí detalles sobre sus planes para evitar que el exceso de hoja de coca fuera utilizado por el narco, Morales dio por terminada la entrevista.

"Muchas gracias, se acabó el tiempo", me dijo, levantándose de su asiento y arrancándose el micrófono.

Me aseguraron que es preciso esperar a lo que haga Morales y no poner tanta atención en lo que dice. De entrada ya redujo el salario presidencial a la mitad: ganará el equivalente a $1.875 al mes, convirtiéndose así en uno de los presidentes peor pagados del mundo.

A pesar de esto, Morales tendrá que hacer mucho más que cortarse el sueldo para sacar adelante a los casi nueve millones de habitantes de la nación más pobre de Sudamérica. Sus planes de nacionalizar el gas natural no son muy claros y la solicitud boliviana para un crédito estadounidense por $598 millones aún está pendiente. Pero los bolivianos esperan resultados - y buenos empleos - pronto. Bolivia es famosa por su impaciencia política; ha tenido cinco presidentes en los últimos tres años.

Más que de la esperanza por un futuro mejor, Morales es producto de la desesperanza con un pasado de corrupción, discriminación racial, de abusos y de los errores de la política estadounidense en la región. Tres años después de que el embajador estadounidense, Manuel Rocha, le pidiera a los bolivianos que no votaran por Morales, el 54 por ciento de los electores hicieron exactamente eso en diciembre del 2005. Morales dijo que sería una "pesadilla" para Estados Unidos y ya lo es. Morales tiene algo de la intransigencia de la vieja izquierda latinoamericana - y ahí está como ejemplo su apoyo a la dictadura cubana - y algo del pragmatismo de la nueva izquierda que ha aprendido a ganar elecciones desde Chile hasta México. El principal peligro de su gobierno es que sufra de "soroche" político, se le suba el poder a la cabeza, haga malabares con la frágil democracia boliviana y aísle a Bolivia de la globalización. Esta nación, sin salida al mar, se está jugando con Morales su salida al futuro.


COLUMNIST

Bolivian President: "Coca is Sacred"

by Jorge Ramos

Evo Morales, the new Bolivian president, does not like being asked about drug dealing. Nor does he like questions about his admiration of Cuban dictator Fidel Castro, or his friendship with Venezuela's controversial President Hugo Chavez. But, after all, that is why I have traveled to Bolivia: to try to get to know the real Evo Morales.

He stated that he "admires and respects" Castro (who has ruled Cuba since 1959, the very year Morales was born). "There is democracy there," Morales said about the Castro regime. "For me, (Castro) is a democratic man who defends life, who thinks of the human being; if he's a dictator for you, that's your problem, not mine."

But when I asked if it wasn't hypocrisy to desire democracy for the Bolivian people - a democracy, since 1982, achieved with so much difficulty - but not for Cubans, the conversation became dangerously personal. "I ask you, very respectfully, not to call me a hypocrite," he admonished. "Hypocrisy comes only from your questions."

I then tried, not very successfully, to explain what I was doing: "My job as a journalist, with all due respect, Mr. Morales, is to ask questions."

The atmosphere, suddenly, had become tense. He was annoyed and it was showing; he twisted round in his seat. I heard the complaints of his press adviser in the back, but I continued. When I told him the Cuban exile community could prove the deaths of thousands of persons in the hands of Castro, Morales directed his attacks against U.S. President George W. Bush: "I do not see as much death (in Cuba) as that perpetrated by the United States in Iraq." "Fidel? How many military bases does he have in Latin America or the world?" he asked rhetorically, and then went on: "And Bush? You tell me, how many military bases does he have in the world and where is he committing massacres every day?" "In your opinion, is Bush a murderer?" I asked him. "The people will decide that," he replied, avoiding speaking in the first person. "(It is) a savage military intervention; the people will say that's what it is."

However, when I tried again to get his personal opinion, he answered, showing annoyance, "Stop insisting." And later he added: "What you are trying for is an international confrontation, and I will not allow that."

I attempted to ask him about his alliance with Chavez - he refers to Cuba, Venezuela and Bolivia as "the axis of goodness" - but he refused to respond, telling me that from now on, he would only answer topics related to Bolivia. The conversation was not going well, so I skipped to the subject of drug-dealing.

In Bolivia, there are about 74,130 acres of coca cultivation. Part of this is for traditional consumption by Bolivians who use the leaf for preparing tea and as a medicine. But another important part of it is destined for drug dealers who turn the leaves into the paste from which cocaine is produced. "Are you thinking about eradicating coca cultivation in Bolivia?" I asked him. "No," he answered, unhesitatingly. "Coca is sacred. Coca will never be eradicated. Yes, drug dealing must be eradicated, demand has to be eradicated and cocaine needs to be eradicated."

Many Bolivians told me to wait and see what Morales does and not give so much weight to what he says. To begin with, he's already reduced the presidential salary by half: he'll earn the equivalent of $1,875 a month, becoming one of the world's worst-paid presidents. But, regardless of this, Morales will have to do much more than reduce his salary to carry forward the nine million inhabitants of South America's poorest nation. His plans to nationalize the country's natural gas have not been spelled out and the Bolivian request for a $598-million U.S. loan is still pending. But Bolivians are expecting results - and good jobs - soon. The country is famous for its political impatience; it has had five presidents in the last three years.

More than representing hope for a better future, Morales is a product of the hopelessness wrought by past corruption, racial discrimination, abuseÉ and strategic mistakes of United States' policy in the region. Three years after U.S. Ambassador Manuel Rocha asked the Bolivian people not to vote for Morales, 54 percent of voters ignored his plea and, in December 2005, voted for Morales.

Morales said he would be a "nightmare" for the United States and he already is. Morales has some of the intransigence of Latin America's old left (like, for example, his support for the Cuban dictatorship) and some of the pragmatism of the new left which has learned how to win elections - from Chile to Mexico. If my brief interview with Morales is any indication of the path his presidency will take, the principal danger is that political "mountain sickness," will cloud his mind, or that power goes to his head, or that he takes undue risks with the fragile Bolivian democracy and isolates Bolivia from globalization.


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