OPINIÓN
La propaganda y el mito de la Reconquista
por Jorge Majfud
Nunca entendí cuál es el mecanismo de la propaganda ideológica o, mejor dicho, cuál es el mecanismo por el cual la propaganda logra manipular la opinión de la gente si no es por la propensión histórica a la obediencia, a la pereza intelectual o por lo que Erich Fromm tituló "el miedo a la libertad".
Pongamos un par de ejemplos. Uno de ellos referido a Estados Unidos y el otro a América Latina. Hace pocos días, un conocido locutor repetía por una cadena de radio una opinión que se está haciendo común en nuestros días: los inmigrantes ilegales deben ser acusados de "deshonestos" y de "criminales", no sólo porque han entrado ilegalmente al país, sino, principalmente, porque su objetivo es la "Reconquista". En un mal acento español, los llamó "reconquistadores", razón por la cual, dijo, agitado, no había dudas: "esa gente no sólo es deshonesta, sino que, además, son criminales.".
Dejemos de lado esta utopía de la reconquista. Dejemos de lado los matices de un impreciso cognado como "criminal". Analicemos el silogismo planteado. Aún asumiendo que los trabajadores ilegales son "reconquistadores", es decir, aquellos que reclaman vastos territorios perdidos por México a manos de los colonos anglosajones en el siglo XIX, habría que concluir, según el argumento de los radicales, que su país está fundado en la ilegitimidad y en la acción de supuestos "criminales". (Texas fue "conquistada" en 1836 y de esa forma se reestableció la esclavitud en un territorio donde era ilegal; la misma suerte corrieron los otros estados del Oeste, guerra mediante y un pago al vencido a manera de compra, porque por entonces el dinero ya era una poderoso agente de legitimación). Esto no lo digo yo; de sus palabras lógicamente se desprende.
Si una reconquista es un "crimen", ¿qué es una conquista? En todo caso sería más lógico afirmar que este fenómeno inmigratorio no es "políticamente conveniente" (aunque económicamente sí lo es). Pero, ¿deshonesto? ¿Criminal? ¿Se atreverían a calificar de criminal la Reconquista española? No, claro, y no porque no se hubiese llevado a cabo a fuerza de sangre y racismo, sino porque en aquel caso se trataba de cristianos contra musulmanes (y judíos). Por aquellos tiempos de la Edad Media, la propaganda política y religiosa era igualmente imprescindible. Las grandes banderas siempre cubren los rostros que las sostienen. Curiosamente, la nobleza, las clases altas, entonces como ahora, eran las que producían la mayor cantidad de propaganda nacionalista, destinada a la moralización del pueblo. Curiosamente, la nobleza se consideraba una clase guerrera, pero las crónicas, escritas por funcionarios del rey, casi no mencionan a los plebeyos que morían por miles cada vez que los señores salían de sus palacios a cazar nuevos honores y ampliar sus tierras en nombre de la Verdadera Religión. (O, como escribió el brasileño rico Veríssimo en Ana Terra, sobre la conquista de Uruguay: "Guerra era bom para homens como o Cel. Amaral e outro figures que ganhavam como recompensa de seus servios medalhas e terras, ao passo que os pobres soldados s vezes nem o soldo receberiam"). No obstante, tanto en los primeros años de la conquista musulmana en España como en la conquista española en América, fueron las clases altas los primeros en ponerse de acuerdo con los invasores para no perder sus privilegios sociales. Y una vez revertida la hazaña ajena en hazaña propia, fue el honor y el orgullo piedra fundamental del subsiguiente derrumbe, tan largo y agonizante como breve fue la gloria del Imperio. En 1868, el españolísimo Juan Valera acertó en una crítica que dolió a muchos de sus compatriotas: "La tiranía de los reyes de la casa de Asturias, su mal gobierno y las crueldades del Santo Oficio, no fueron causa de nuestra decadencia... Fue una epidemia que inficionó a la mayoría de la nación o a la parte más briosa y fuerte. Fue una fiebre de orgullo, un delirio de soberbia que la posteridad hizo brotar en los ánimos al triunfar después de ocho siglos en la lucha contra los infieles".
De cualquier forma, todo este razonamiento carece de importancia, ya que lo que importa es la propaganda. La propaganda es el gancho a la mandíbula de la historia. La nueva idea de una "reconquista (mexicana)", se omite el adjetivo "mexicana" porque se asume que esa es la raza de toda la América que se extiende al sur del Río Grande, es una ficción para millones de trabajadores expatriados, los desheredados de siempre que sólo buscan sobrevivir y alimentar a sus familias marginadas por una centenaria tradición social, injusta y anacrónica. Pero una ficción estratégica para los propagandistas que procuran ocultar así las dramáticas razones económicas que existen detrás del proceso de legalización. Para no hablar ahora de dramas mucho mayores, como lo son las guerras, siempre sazonados de vehementes discursos éticos. Bien decía el sofista Protágoras que la ética sólo se aplica cuando conviene a los intereses propios. Para ser más precisos, no la ética, sino la moralización. Así, basta con repetir mil veces un silogismo contradictorio para convertirlo en verdadero. U olvidar la historia y así tachar una de las incómodas premisas. Y si se lo hace con el estilo de los predicadores, con furor y sudor en la frente, mucho mejor, porque es ese el histrionismo que mejor entiende una parte importante de sus provincianos oyentes.
Llegado a este punto de alienación me alejo y, casi asfixiado, trato de buscar alternativas. Pero como el mundo se encuentra estratégicamente dividido en izquierda y derecha, inconscientemente presto atención a aquello que es vendido como izquierda. ¿Y qué encuentro? Algún que otro nuevo caudillo latinoamericano moviendo masas, como siempre, no para organizar la vida propia, sino para gritar contra el Demonio que gobierna el mundo. De verdad que no veo mejor forma de servir al demonio que ocuparse de él cada día. El demonio nunca estuvo más vivo que en los tiempos de la Santa Inquisición, cuando se quemaban personas vivas por negar su existencia.
Las banderas se secuestran con facilidad. Si alguien quiere acabar con la esperanza de un pueblo, preséntese como el único estandarte de la Esperanza y luego me cuenta. Y para eso no necesita razones, sino propaganda, es decir, el discurso fragmentado y repetitivo de la ya obsoleta Posmodernidad.
Con todo, insisto que no comprendo el mecanismo psicológico de la propaganda. Como le ocurre a muchos, cada vez que escucho a un predicador, pierdo la fe. Esto me pasa casi a diario ante las "obvias razones" de los arengadores de la extrema derecha estadounidense o de los nuevos "líderes de la liberación" de América Latina. Cada vez que me expongo a los poemas mediáticos de estos caudillos nacionalistas pierdo toda mi fe en la "alternativa". Cuanto más escucho, menos creo. Pero esto seguramente se debe a una incapacidad personal por la cual no puedo disfrutar de lo que otra gente disfruta, como es la seguridad de las trincheras cavadas por la propaganda y la autocomplacencia.
En 1640, Diego de Saavedra Fajardo publicó Idea de un príncipe, dirigido al rey, donde declaró convencido: "El vulgo juzga por la presencia las acciones, y piensa que es mejor príncipe el más hermoso". "Para mandar es menester ciencia, para obedecer basta una discreción natural, y a veces la ignorancia sola". "El mando es estudioso y perspicaz; la obediencia casi siempre ruda y ciega". "La elocuencia es muy necesaria en el príncipe, siendo sola la tiranía que puede usar para atraer a sí dulcemente los ánimos y hacerse obedecer". ¿Qué no son éstas sino las leyes principales de la propaganda moderna?
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